Suerte la mía. No me gusta generalizar, me parece de gente con poco criterio, y la manida frase de todos los hombres son iguales hace tiempo que no me pertenece, si alguna vez lo hizo, así que ahora que soy lo bastante mayor para haber conocido varones, reitero que no todos son iguales, y que yo, en casa, tengo uno de los buenos.
Es como me gustan a mí, alto y guapo, y además valiente. Como un príncipe de sangre roja y corazón a la izquierda. Me refugia en sus brazos cuando me ve triste, me pregunta con dulzura, mirándome a los ojos, si estoy bien, y sus besos son un bálsamo mejor que el de Fierabrás. No le escuece decir te quiero, ni caminar conmigo de la mano por la calle. Y tiene la culpa de parte de mis arrugas buenas, esas que te provoca la sonrisa mantenida. Su humor sarcástico da cuenta de su inteligencia, aunque todavía no asume su potencial. Tiempo al tiempo.
Tiene su sombra, que no es un Peter Pan, porque a todos nos pasan cosas, pero aprendió a pedir ayuda del mismo modo que la ofrece. En los 18 años que hace que estamos juntos, el miedo a perderle me rompió el alma a veces, pero jamás dudé de su amor, ni él pudo hacerlo del mio.
¿He dicho que es guapo? Pues va camino de serlo más, que todavía no ha vivido suficiente para moldearse del todo. Sé que me dejará por otra, que ya lo veo venir...pero nuestro vínculo es tan fuerte que tenemos una relación abierta, y funciona.La pega de tener un hombre tan estupendo en casa es que sea mi hijo, que hoy cumple 18 años. Pero compensa ser la única persona que puede presumir de haberlo sentido como nadie durante nueve meses.
Te quiero infinito, Daniel, y no tengo cura, ni la busco.
Felicidades por SER.

