Cuando pierdes a alguien fundamental, el vacío que deja te da perspectiva, relativiza y ordena los colores, las sombras y los cachitos de tu vida, los pasa por un prisma que los ordena por importancia, y de repente, las decisiones son fáciles, crudas, simples, porque sólo importa lo vital, no lo supuestamente importante. Y las noches que empiezan a las seis de la tarde se prestan a la introspección y cuando se juntan ambos fantasmas, liberan los lagrimales y disipan la niebla mental, aunque queden nubarrones en el corazón. El truco está en considerarlos reservas de agua.
A mí me ha pillado el puñetero rasgo común haciendo cuentas y limpieza, planeando mudanza porque he vivido alquilada en un espacio y momento que parecían ideales, hasta que le pasé el prisma, y he llegado a la conclusión de que tengo que dejar el apartamento sin vistas y con ventanas de aluminio, sin flores, para buscarme uno con balcón grande orientado al azul, contraventanas de madera y visillos blancos, limpios, con ramos de rosas y estantes de libros dedicados por amores buenos, un espacio más mío que nunca, donde seguir curando mis heridas, que, aunque no me frenan, me duelen.Tengo años, premios y cicatrices suficientes para conocerme y ya sé cuantos metros, cuantas habitaciones y cuantos vecinos preciso. Hoy elijo yo. Me elijo yo. Nunca nadie me eligió. No fui la primera opción de nadie. Nunca. Para nada. Nadie luchó por conseguirme. Nunca. Nunca. Y cuando me elegían, como segundo premio, como plan B, sentía la necesidad ancestral de demostrarles su acierto, que todavía no me habían visto bien, que yo valgo. Pero nunca funcionó. Nunca. Hasta hoy.
Hoy escribo mi lista de propósitos , mi carta a los presidentes de las repúblicas, mis brindis al sol y mis velas a la luna. Mi lista de la compra y mi agenda. Hoy soy la mejor opción. Lo saben y lo sé.
No me elijan, ya no hace falta. Siempre amanece, y se hace camino al andar.


