No te sonrojas por pudor, sino porque su olor y el sabor de su boca se han hecho presentes, y eso siempre coloreaba tus mejillas. Vuelves a escucharle gemir y un cálido espasmo baja desde el vientre hasta donde todo fluye.
Duelen la ausencia y el deseo insatisfecho, pero sobretodo el temor, casi certeza , de que se haya quitado aquella pulsera.
Tiempo. Y archivos privados

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