Amanecí valiente, lo suficiente para rendirme, para abrazar al fin mi ridiculez, la ingenuidad que interpreta banderas que ni son blancas, ni significan nada, ni ondean para mí.
Capitulo, pero no de siguiente, sino del verbo capitular. Recojo el petate, me llevo mis esperanzas, mis clavos ardiendo y mis suspiros despreciados, asumiendo que no es mi guerra, y que esta soldado nunca debió alistarse, porque no daba la talla.
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