El feminicidio no existiría sin patriarcado, y el patriarcado no existiría si asumiéramos que la mujer tiene los mismos derechos que el hombre. Pero ni el marido de Ana Orantes, ni EnriqueVIII, la Inquisición, Picasso, la Iglesia, Arthur Miller, el violador del Eixample, Felipe el Hermoso, los talibanes, Ike Turner, el mundo del cine porno, muchas constituciones supuestamente democráticas, Epstein y sus secuaces, ni Abascal y sus votantes, lo entienden así. Para todos ellos, ser mujer es un defecto que nos hace inferiores y objetos de su propiedad.
En algún momento de la Historia, la supervivencia debió depender exclusivamente de la fuerza bruta, única cualidad física en la que la mayoría de mujeres estamos en desventaja respecto a los hombres, y salvo casos excepcionales, pocas sociedades establecieron una igualdad social, y mucho menos, el matriarcado. A pesar del cambio de las condiciones, no se revierte esa desigualdad. La fuerza bruta en el mundo actual ya no es una cualidad imperiosa, pero el entramado sociocultural se ha tejido tan tupidamente a lo largo de la Historia, que no somos capaces de desenredarnos.
Lo realmente absurdo es que en el siglo XXI, con tanto conocimiento a disposición de casi todos, no seamos capaces de educar en igualdad, y vivamos un repunte real de actitudes machistas, de condena del feminismo y aumento de la violencia de género, incomprensible a todas luces.
Para solucionarlo, hay que empezar por casa. El maltrato machista es un problema social y doméstico, y nos cuesta aceptar que lo tenemos en nuestras casas. Todos conocemos a alguna mujer que vive un infierno oculto, que sin llegar al de Ana Orantes, quemó su cuerpo, su cerebro y su vida. Madres, primas, tías, suegras, hijas, vecinas, clientas, compañeras, pacientes, alumnas... violentadas en la intimidad de sus hogares por presuntos hombres buenos. Tan anuladas, humilladas y convencidas de que no valen nada y que merecen el daño, que mueren con el secreto de su pena . Y todos conocemos alguna.
A mi me duelen especialmente tres mujeres buenas, madres entregadas, esposas 24 x 7, bellas por dentro, que nunca creyeron lo bellas que eran por fuera, y que callaron ante desprecio, insultos, abusos, infidelidades, y en algún caso, golpes. Sin hablar de ello, tragándose las lágrimas y lamiendo las heridas de sus almas, siempre con la intención de no dañar a sus hijos y de disimular lo indignas que sentían ser, convencidas de ello por sus compañeros de vida.
Opino que el primer paso factible para todos en la lucha contra la violencia de género es vigilar, detectar y dar apoyo a las Ana Orantes que tenemos cerca, y educar en igualdad, sin bajar la guardia, a nuestros hijos e hijas, para que no les parezca tolerable ningún pensamiento ni actitud machista.
Descansen en paz las que dejamos solas. Cantemos sin miedo por las que aún viven.
Va por ellas.

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